EL DEDO DE CRISTINA NO PUEDE DECIDIR EL FUTURO POLÍTICO DE SALTA
Hay una vieja práctica en la política argentina que muchos creían superada: decidir desde Buenos Aires quién conduce y quién obedece en las provincias. Sin embargo, cada tanto vuelve a aparecer. Y esta vez, el intento de ordenar el PJ salteño desde el poder central vuelve a exponer una lógica que atrasa décadas.
La avanzada de la conducción nacional encabezada por Cristina Fernández de Kirchner sobre la vida interna del peronismo en Salta no solo genera tensión política: revela una concepción profundamente centralista del poder. Una concepción que supone que las provincias deben alinearse sin discutir, aceptar sin votar y obedecer sin participar.
Frente a eso, la respuesta del gobernador Gustavo Sáenz fue clara: que decidan los afiliados. Ni más ni menos que democracia interna.
Resulta llamativo que un espacio político que históricamente se presentó como defensor de la participación popular hoy pretenda definir autoridades partidarias a través de acuerdos de cúpula. Más llamativo aún cuando se intenta reinstalar liderazgos que ya tuvieron su oportunidad y que la sociedad evaluó en las urnas.
Salta no es una sucursal política. Es una provincia con identidad, con autonomía y con un electorado que eligió a sus representantes sin tutelajes externos. Pretender imponer nombres desde la estructura nacional del partido no solo es un error político: es una falta de respeto institucional hacia los salteños.
Además, hay un dato que incomoda: el país cambió. La política vertical, cerrada y manejada por dirigentes nacionales perdió legitimidad frente a una sociedad que exige transparencia y participación real. Las decisiones “a dedo” ya no generan obediencia automática; generan rechazo.
El planteo de Sáenz no es un gesto de confrontación personal contra Cristina Kirchner. Es una defensa del federalismo político. Es decirle a la dirigencia nacional que las provincias no son territorios intervenidos, sino comunidades con derecho a decidir su propio rumbo.
Si el peronismo quiere reconstruir credibilidad, debería empezar por algo básico: permitir que sus afiliados voten. Porque la legitimidad no se decreta desde una oficina en Buenos Aires. Se construye en las urnas.
Y en ese punto, la discusión ya no es entre dirigentes. Es entre dos modelos de política: el de la imposición y el de la participación.
Salta ya dejó claro de qué lado quiere estar.
