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UNSA: Crueldad institucional, persecución laboral y una gestión que solo reacciona por miedo al escrache

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La Universidad Nacional de Salta atraviesa una crisis que ya no puede disimularse con comunicados ni operativos de última hora. La gestión Nina–Martearena quedó definitivamente expuesta como una conducción autoritaria, insensible y represiva, incapaz de garantizar derechos básicos, incluso cuando se trata de seres vivos indefensos. Tan grave fue el abandono que la Municipalidad de Salta debió intervenir hoy por segunda vez, en menos de dos meses, para garantizar el bienestar de los perritos comunitarios dentro del predio universitario.

Que un municipio tenga que ingresar dos veces a una universidad nacional para cumplir tareas elementales de cuidado, en el marco de un verdadero escándalo y no como un hecho programado de bienestar animal, no es una anécdota: es la prueba concreta de que la UNSa cuenta con una gestión fallida, deshumanizada y desconectada de toda responsabilidad social.

La segunda intervención municipal llegó centrada en una preocupación real, que no pudo hacer caso omiso, ante la viralización de videos, el repudio masivo y el creciente temor al escarnio público que hoy persigue a la conducción actual de la universidad, que gobierna encerrada, sin diálogo y con miedo a quedar expuesta ante la sociedad, frente a una convocatoria que pretende exigir la defensa de la vida y la reincorporación de quienes expusieron estos hechos.

Decisiones políticas, no errores

El abandono de los perritos no fue un “descuido”. Fue una orden administrativa. El cese de la alimentación y del acceso al agua fue una decisión tomada bajo la responsabilidad directa de las autoridades universitarias. Y cuando esa decisión salió a la luz a fines de 2025, la respuesta no fue corregirla, sino castigar a quienes la denunciaron.

Tres trabajadores fueron desvinculados. No por mal desempeño. No por razones presupuestarias. Fueron echados por defender animales y hacer pública una situación de crueldad. Esa es hoy la vara ética de la UNSa bajo la actual gestión.

En ese contexto, Jorge Sulca, es una de las víctimas, de una lógica de disciplinamiento: el mensaje fue claro y brutal. El que denuncia, paga. El que incomoda, sobra.

Pero el silencio y el temor que calla a los eruditos que rodea a la gestión, no es parte de la vida de un hombre humilde, que con dignidad y principios, se atrevió a exponer lo que muchos perjudicados por vergüenza decidieron tapar para no exponerse, o tal vez porque esta historia incluye a seres inocentes por los que el celador supo velar.

No hubo sumarios transparentes. No hubo instancias de diálogo. No hubo explicaciones públicas serias. Hubo decisiones unilaterales, despidos y miedo, como parece haberse impuesto en estos 6 meses.

La universidad del miedo

La UNSa, históricamente símbolo de pensamiento crítico, hoy funciona bajo una lógica inversa: callar para conservar el trabajo y no ser perseguido.

Docentes, no docentes y áreas completas operan bajo la amenaza implícita de la represalia. La gestión Nina–Martearena convirtió la universidad pública en un espacio donde pensar distinto es un riesgo y cuestionar es una condena.

Ni siquiera hacia adentro del propio esquema de poder hay comodidad.

Fuentes internas señalan que la imposición de decisiones es tal que incluso autoridades cercanas han visto caer a personas de su confianza, sin capacidad real de intervenir.

El verticalismo no distingue lealtades: solo exige obediencia.

Puesta en escena y cinismo

Vacunaciones tardías. Desparasitaciones apuradas. Fotos oportunas. Comunicados vacíos. Todo llegó después de que el escándalo explotara. Todo llegó cuando el daño ya estaba hecho. No fue gestión: fue control de daños.

Los perritos de la UNSa no fueron cuidados por convicción, sino por miedo. Miedo al escrache, miedo a la exposición, miedo a que la sociedad termine de ver lo que puertas adentro ya es evidente.

Los animales no son el problema. Son el símbolo. El reflejo de una conducción que administra la crueldad, persigue la empatía y castiga la dignidad. Una gestión que no entiende que gobernar una universidad no es mandar ni disciplinar, sino conducir con valores.

Hoy la comunidad universitaria no reclama solo alimento y agua para los perritos. Reclama responsabilidades políticas, reincorporaciones inmediatas y el fin de una gestión que degradó la vida institucional.


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